miércoles 18 de junio de 2008

Ensayos de Stevenson


Qué bien la he pasado con el libro que el Fondo de Cultura Económica editó con los ensayos de Robert Louis Stevenson.

No he terminado el libro, es más, ni siquiera he llegado a la mitad, pero ya puedo decir que el pensamiento de este escritor escosés habla de todo lo que uno pueda imaginarse: de los sueños que teníamos de niños y de cómo cambiaron a través del tiempo; del encanto de los caminos, de los modales, de la conversación, de la literatura, por supuesto, y de todo eso que, por más lejano que nos parezca él como ser humano en el tiempo y aún en el panorma literario, puede seguirnos resultando familiar y conocido.

Su mirada imprime a cada detalle del que se ocupa un brillo singular hasta ahora ignorado.

Su osadía y cicnismo casi divierten, cuando no advierten sobre los riesgo de tomarse la vida demasiado apecho. Su filosfía es divertida pero cierta.


El libro está barato y muy bien editado.


Lo recomiendo mucho.



"De modo que, vaya donde vaya, un hombre encontrará algo que le guste y le
tranquilice: en la ciudad se topará con rostros agradables de hombres y mujeres,
y verá flores hermosas en una ventana, u oirá un pájaro en una jaula cantando en
la esquina de la calle más lúgubre; y en cuanto al campo, no existe campo sin
alguna distracción: que mire con el talante adecuado y la encontrará, sin
duda alguna."

Sobre el disfrute de los lugares desagradables




viernes 11 de abril de 2008

Ya no existe la pena


Antes existía la pena, esa que nos orillaba en un momento de verguenza a pedir una disculpa por el agravio cometido y finalmente a enmendar el daño no ya con la reparación del mal sino sólo con la cesación de las equivocadas acciones.
Hoy, al menos en la escena pública ya no es así y mucho me temo que tampoco lo sea ya en la esfera de la vida privada. La poca verguenza se ha convertido en el preámbulo del más descarado de los cinismos.

Para ilustrar lo anterior me voy a remitir a ejemplos públicos y políticos.
El caso del gobernador de Puebla, Mario Marín, es quizá el que más escandalice por la falta de duda que hubo respecto a sus tratos sucios y muy convenientes con Kamel Nacif. Esas llamadas telefónicas grabadas y difundidas no eran sino una denuncia que al menos en mi opinión, no admitían exceptisismo posible. Sin embargo, a aquél lo único que se le ocurrió fue decir que eran falsas. Argumento, valga decirlo, fácil e ingenuo.
Ante la indignación estatal, nacional y mediática; ante las demanda por parte de la sociedad para que abandonara su cargo, lo único que Mario Marín deicidió hacer fue instalarse en el puesto y hacer oídos sordos del clamor del pueblo.
Desde luego lo que más sorprende no fue que el señor desatendiera de olímpicamente la opinión pública; a mí lo que me parece mil veces peor es que su falta de conciencia moral no le hubiera obligado, sin necesidad de que nadie se lo pidiera, a abandonar su puesto, tal vez ya sin tener que rendirle cuentas a nadie, pues en su renuncia hubiera habido ya, no cabe duda, una aceptación, una responsabilidad asumida.

El otro caso que me viene rápidamente a la mente es el de Hugo Sánchez y su fallido papel al frente de la ya de por sí mediocre selcción nacional.
Durante meses lo único que pudo leerse en los periódicos y escucharse en los restaurantes, bares y demás puntos de reunión, era el fracaso en turno del entrenador, quien -no sé qué tan justo o no sea- es a quien toca siempre cargar con toda la responsabilidad de un equipo.
La copa se colmó con lo su último fracaso: no haber calificado para ir a las olimpiadas de Beijing.
No es, desde luego, que el papel de la selección en unas olimpiadas entusiasme a la afición tanto como podría serlo ir a un mundial; el problema es que si la selección no tuvo el nivel para ir a un campeonato de ese nivel, qué es lo que podría esperarse para otros de mayor calado. Este último partido sirvió de termómetro y el resultado fue gélido.
Ante esto, ¿cuál fue la actitud que vimos de Hugo?, lo mínimo que hubiera cabido esperar era su renuncia. Pero no. Por el contrario vimos a un ex futbolista casi ufano de "poder" darse el lujo (pues es Hugo Sánchez, el pentapichichi) de sobrellevar esta nueva derrota y aminorar su gravedad frente a una afición decpecionada (qué imagen puede se más triste que la de una afición defraudada).
Por suerte, esta vez la decisión que contaba no era solamente la suya. De haber sido así, él seguría cómodo en su silla de director técnico.
Una vez más, el señor Sánchez no quiso evitarse la deshonra del despido anticipándose a lo que ya todos sabemos que ocurrió.
En este caso lo preocupante fue ver que con el irrelevante partido ganado contra Ghana, a la gente prácticamente se le olvidó la derrota anterior, grave e inoportuna, sólo por haberse cubierto de una gloria fácil y mediocre.

Por último creo que viene a cuento el reciente episodio de la vida nacional con Juan Camilo Mouriño, quien pese a haber sido víctima de la oposición, no fue capaz de asumir la responsabilidad del cochinero que se dio a conocer sobre sus manejos con Pemex. El único camino que tenía el secretario de gobernación, era la disculpa pública y posteriormente la renuncia.
¿Qué fue lo que hizo? Admitir que lo que se decía era cierto y después seguir en su puesto esperando a que al pueblo, como siempre, -y eso los políticos lo saben mejor que nadie- olvidara y perdonara con su silencio y cobardía.

Pongo como ejemplo contrario lo que le pasó al hoy ex gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer. Ante lo indfendible, ante la evidencia abrumadora, no le quedó más que aceptar públicamente lo que ya era de dominio público. Como consecuencia "lógica" Spitzer, de la mano de su esposa, renunció al cargo en medio del desprestigio y la decepción.

Este último caso no debe sentar las bases de una premisa que permita hacerlo todo, siempre y cuando se pida perdón y se asuman las consecuencias. No obstante, funciona como ejemplo inverso de la poca verguenza que se permite en México a quienes, desgraciadamente, tienen en sus manos, el dinero, las emociones y confianza de la gente.

miércoles 2 de abril de 2008

Dos tipos de amor


"Recuerda siempre que lo más importante de un buen matrimonio no es la felicidad, sino la estabilidad"

Hay dos formas de amor en lo que cuenta Gabriel García Márques en su novela. Por un lado está la relación entre el doctor Juvenal Urbino y Fermina Daza, y por el otro Florentino Ariza con su amor no correspondido.
El primero de ellos por momentos llega a parecer real pero por otros, más parece una noble condena que la mujer asume como la única manera de vivir su vida.
La costumbre la lleva de una u otra manera a enamorarse del hombre que todo le da, desde estatus en una Colombia en ruinas, una vida llena de lujos y reconocimiento social, hasta el trato digno y amoroso al que una mujer podría esperar.
El aguantarse mutuamente, el disfrute de la cotidianidad y el conocimiento mutuo, hacen que por momentos se nos olvide que el amor "verdadero" es el que ella siente por Florentino.
Sin embargo, va quedando la duda de cómo sería o hubiera sido la vida de Fermina con aquél, si en un momento dado ella hubiera accedido a aceptar la romántica propuesta de vivir con Florentino.
Es sólo al final de la novela, en el ocaso de sus vidas, cuando más o menso se ve el resultado de su aceptación.
Los días que viven en el barco parecen el paraíso de sus vidas y por momentos llega a ser concebible la idea de que su amor fue el único y verdadero a lo largo de sus días. No obstante se trata de un amor desbocado e irresponsable que les hubiera destruido en el caso de haberlo vivido así desde siempre.
Es tal vez por ello que Fermina Daza nunca se arrepiente de su elección, no aún cuando se da cuenta de que en el fondo nunca dejó de quererle.
Con él, podría decirse, vivió siempre en los albores del amor y no en los meandros, no en la rutina ni en la costumbre; no en el día a día, no en la adversidad, sólo en la fantasía, en la promesa y en la ilusión. Tres cosas que en el amor verdadero siempre pasan y son sustituidas por otras de no menor importancia, no de menor valor.
El veraddero amor es el de la vida diaria, el que vive con Juvenal.

lunes 31 de marzo de 2008

Muerte y memoria materna (CUENTO)

Hoy se murió mi mamá, y la de mis hermanos. Ocurrió a temprana hora de la madrugada, pero supe que estaba muerta hasta esta mañana cuando me desperté y al no oír su voz ni su andar por la casa, me asomé desde el comedor al cuarto donde dormía y vi que el bulto que su cuerpo hacía entre las sábanas seguía inmóvil; durmiendo pensé al principio, y ajeno a toda su costumbre de levantarse temprano. Me acerqué a su puerta un poco alarmado, me puse a un lado de la cama, y casi en un susurro, como si no hubiera querido despertarla, dije “mamá”. Al no responderme volví a llamarle ya con mi voz normal, sin consideración a su posible sueño, pero tampoco recibí respuesta. Le empujé entonces por la espalda, hacia adelante y hacia atrás, como lo haría un niño pequeño que trata de despertar a la mamá o al papá porque a mitad de la noche se ha sentido mal, y el movimiento involuntario de un cuerpo que ya había dejado de tener voluntad y vida me aceleró el corazón. Caminé alrededor de la cama para poder verla de frente, y me topé con su cara pálida y ya deformada por cierta rigidez que le alteraba el semblante tranquilo con que pareció despedirse, como si a falta de otra forma de decirnos adiós, hubiera procurado mostrarnos su calma con esa expresión que sin embargo, ya no era la que debió haber correspondido a sus inconscientes deseos.

Cuando llamé a los demás para informarles, nadie pareció escandalizarse, pero sí se sorprendieron algunos, los menos, los que evidentemente no tenían presente que sus días estaban condicionados. A unos se les había olvidado hasta su enfermedad y el tiempo estimado de vida que el médico nos dio en su consultorio hace apenas tres meses. Yo, sin embargo, todo el tiempo estuve consciente de su condición actual o más bien pasada y de mi futuro sin ella, por eso el impacto de verla sin vida ha sido superior a la sorpresa o la tristeza que la muerte misma ha podido ocasionarme.
Lo más escalofriante de toparse con la muerte, pienso, es ver que alguien a quien se ha querido tanto se ha bajado de la rueda del tiempo sin posibilidad de regresar a ella; que mientras uno aquí sigue respirando y parpadeando, el otro se ha detenido a mitad de un respiro y un parpadeo, que mientras uno piensa en qué sigue y qué ha de hacer para que las cosas sigan, el otro ya no piensa ni se preocupa; que el otro se ha muerto y su existencia en este lugar no ha de prolongarse más allá de un día o dos como mucho, cuando el cuerpo sea sepultado o cremado ya para nunca volver a ser visto por nadie durante la vida que nos quede a aquellos que aún respiramos. El suyo a partir de mañana, un poco antes de que el ataúd se cierre para siempre y la tierra le caiga encima poco a poco hasta sepultarlo por completo. Pero el extrañamiento ha empezado ya, en este momento que he llegado a la casa después del largo y cansado funeral. Seguro que para mis hermanos será lo mismo ahora que lleguen a sus departamentos y no reciban la llamada diaria que les hacía cada noche para ver cómo estaban. Eso sí lo echarán de menos, junto con sus consejos y sus maternales cariños que no perdía oportunidad de brindarnos en el cabello, en ese cabello que para nosotros ha sido siempre el mismo, el que creció y peinamos a partir del día en que empezamos a computarlo todo, pero que para ella y su mano fue siempre cambiante: el primero y escaso que tuvimos al nacer, el que vino después y se convirtió en este que también conoció y alcanzó a tocarnos en las mañanas al despertar o en la noches ya dormidos; ya no verá si duda, el que crecerá mañana y se teñirá de gris y luego de blanco, si es que llegamos a esa edad a la que ella ya no podrá llegar. Y no dejo de pensar que cuando yo alcance apenas un año más de los que mi madre cumplió, me parecerá rara la idea de haber sido en un punto de mi vida, mayor a lo que ella fue jamás; pero más raro me parece ya, el pensar en que todo lo que venga a partir de hoy ya vendrá sin su compañía, sin su presencia a la que he estado acostumbrado durante veintisiete años. Ni siquiera a ella le tocó vivir sin su madre, mi abuela, quien todavía vive y ha estado con nosotros en el funeral, con toda la familia y un grupo absurdo de personas que jamás había visto ni siquiera cerca de ella o de la familia. Me supongo que mi abuela los habrá avisado, por que ella sí parecía conocerlos a todos y algunos hasta actuaban como si nos conocieran a mis hermanos y a mí. Nos saludaban con afecto sincero algunos, otros con cara de falsa afectación, pero la mayoría coincidían en decir que de no haber sido por que la abuela nos había señalado como el mayor, el de en medio y el chico de los hijos respectivamente, no habrían relacionado nuestras caras con las de los niños que éramos cuando nos conocieron en algún momento de su vida pasada en el que tuvieron tratos con mi madre, en momentos que para nosotros los hijos, no tuvieron ni lugar ni existencia.
Otros jamás nos habían visto, pero sí notaban el parecido de mi madre en nuestras caras. Mi abuela, ante el escrutinio de los desconocidos y nuestra consiguiente incomodidad, nos iba indicando puntualmente quiénes eran y de qué etapa habían sido parte en la vida de mi mamá. Pero algunos pertenecían a los años púberes y jóvenes, de ahí la incómoda sensación de pensar en mi mamá como una completa y total desconocida. Mi abuela, cuando decía algo acerca de alguien a quien mi mamá hubiera tratado en sus años de adolescente, nos hablaba de su hija y no de nuestra madre, lo cual me hizo pensar en cuán poco sabemos de nuestros padres, de cómo su vida y la de casi todos se pone en marcha cuando les conocemos y no antes; de que a menudo ignoramos, sin ser conscientes, que la gente al entrar en contacto con nosotros ya tiene una larga historia por detrás de la que no hemos sido parte. Yo, y puedo decir que mis hermanos por igual, desconocemos qué hizo mi mamá en su infancia, qué le gustaba ver en la tele y escuchar en el radio, si era seria y le iba bien en la escuela, o si tuvo novios y a cuántos besó y a quién el primero. Son cosas que vamos dejando de lado pero que irremediablemente asoman en medio de un charla y entonces se saben por primera vez; causan asombro cuando son osadas o impropias de quien las desempolva, y de los padres casi todo nos lo parece, por que nos cuesta creer y nos parece increíble, que hayan alguna vez vivido nuestras edades y sus conflictos. De mi mamá, por ejemplo, supe unas cuantas cosas que ya fuera por ella o por sus hermanas o mi abuela, nos hacían subir el color a la cara mientras que ella se apenaba o reía, según fuera el caso. Pero fueron pocas veces, no las necesarias para haber construido un retrato completo de su vida pre-maternal, aunque hubiera sido bueno saber si ella hubiera sido capaz de hacerlo. Ya no, supongo, pero mi abuela sí. Nos ha prometido reunir sus fotos y sus recuerdos durante estos días en que la nostalgia la obligará a recuperar escenas y vivencias, para contarnos algo más sobre la hija, porque sobre la madre, ya lo sabemos todo excepto lo de nuestros primeros y desmemoriados años.

Yo, anticipándome, he llegado hoy a abrir los cajones para sacar las muchas fotos que durante años mi mamá tomó y almacenó. Hay cientos de ellas, y me he sorprendido al ver que la mayoría pertenecen a nuestra niñez y que de todo lo que en ellas hay recuerdo poco, o más bien nada. Ya no está ella para decirme quién tomó la foto o dónde estaba cuando la tomaron; por qué lloraba o por qué reía. También están mis hermanos, muy chicos, en brazos de gente a la que jamás conocieron, quizás familiares lejanos.
Es extraño no poder recordar y no saber de uno mismo. Pero al igual que los padres, los hijos rara vez traemos del pasado los recuerdos de esos años que se nos fueron sin saber que nos pertenecían, y alguna vez nuestros hijos se preguntarán por ellos. No cabe duda.
Algunos de nuestros mejores días aún se nos van sin saberlo. Pero para eso están las madres, para dar parte de nuestra existencia cuando uno, aunque quisiera, no podría decir “sí, era yo en brazos del bisabuelo” o “ahí lloraba por que quería dos juguetes y sólo me compraron uno” o bien “sí, estábamos en la cena y detrás de la cámara estaba mi tía sacándome la difícil sonrisa”. De pronto siento como si una parte de mí se hubiera perdido sin posibilidad alguna de ser recuperada; como si una amnesia dormida durante la vida de mi mamá hoy se hubiera despertado. No recuerdo lo que hice o dije o fui, y es curioso que sólo ahora que ya no está ella me ponga a pensar en ello. Nunca atendemos debidamente nada de lo que nos es cotidiano y nos lo ha sido desde los borrosos años de la niñez. Hoy cualquiera podría decirme tú hiciste esto o lo otro y no podría desmentirle ni rebatirle. He perdido a mi mamá y con ella la memoria de aquél tiempo mío en que yo no tenía capacidad de registrar su transcurso. Junto con mi madre, he perdido para la posteridad que aún me quede, un tiempo que sin ella queda borrado, anulado, como si nunca hubiera sido, y como si nunca lo hubiera habitado.


Mauricio Marín y Kall Altamirano

viernes 28 de marzo de 2008

La infinita renovación


Para quienes saben de cine y son capaces de disfrutarlo por encima del nivel al que podría disfrutarlo cualquiera que sólo busca entretenimiento una tarde de domingo, la idea del remake cinematográfico debe parecerle una pérdida de tiempo. Esto se debe a que la gente que sabe apreciar el buen cine, casi siempre (dejemos espacio para las excepciones) prefiere las primeras versiones a aquellas que buscan mejorar o simplemente refrescar los títulos que han ido quedando en el olvido.
Algo hay en esas versiones añejas -tal vez su falta de color, su sencillez, su bajo presupuesto o su carencia absoluta de efectos especiales- que las han convertido en joyas de la cinematografía o bien, en simples tesoros del recuerdo individual. Es por ello que cuando una industria ávida de éxitos taquilleros, en su incesante búsqueda de fórmulas ya probadas manosea, distorsiona y reinventa los contenidos que antaño lograran cautivar a grandes o pequeñas audiencias, la indignación y rechazo de algunos se convierte en una constante que empaña el resultado final.
La premisa es más o menos la siguiente: Si se hace la nueva versión de una película, es porque en su tiempo fue celebrada y cosechó éxitos que el día de hoy pretenden ser cosechados de nuevo. Sin embargo, el éxito alcanzado por estos remakes suele ser moderado e incluso nulo. Algunos llegan a rozar el fracaso consiguiendo la total desaprobación y rechazo no ya de los que le son fieles a las versiones originales, sino de los que en busca de algo grande, se quedan con la sensación de haber visto algo que sólo fue conseguido a medias.
Sin duda, gran parte del público, entre el especializado y el que no lo es en absoluto, ignora que mucho de lo que ve en el cine es en realidad la copia o la actualización de algo ya digerido por el tiempo. De cualquier modo, quizás no vendría siendo de mucha utilidad saberlo. Y es que en verdad resultaría difícil creer que el grueso de la población pudieran preferir alguna otra versión antigua a la de estreno reciente llena de efectos especiales y a todo color, algo de lo que grandes clásicos se privaron durante años, y que sin quererlo les confirió, para la posteridad, ese aire añejo tan característico que hoy tanto nos evoca, aunque a otros, inexplicablemente, les incomode por ser símbolo inequívoco de antigüedad.

Con todo, lo más intrigante surge cuando uno se pregunta de dónde nace esa aparente necesidad de ya no crear, sino de reciclar contenidos. Para responder a esto pueden tomarse dos vertientes. La primera apunta hacia nosotros como un público espectador que demanda la incesante renovación de lo que ya va pareciéndonos viejo y por ello caduco. Como si esto, sólo por el hecho de serlo, pediera validez y calidad a un grado que a veces nos lleva a arrumbarlo y a casi negar su siempre imperecedera existencia; como algo de lo que, al no haber sido parte en su momento, egoístamente se prefiriera ignorar, en pos de lo que sí fue hecho exclusivamente para nosotros y nuestro tiempo.
Hay casos, por ejemplo, en los que aun a sabiendas de que la película es una calca de alguna otra ya olvidada, la renuencia por ver ésta será tal, que la única que existirá en la memoria, me temo que colectiva, será la nueva, que por fuerza carecerá si no de mérito, sí de originalidad, característica esencial y única de lo que se considera artístico. Y así, mientras nosotros como público sigamos aplaudiendo las meras “versiones” en mayor medida que a las originales, la industria seguirá comportándose según esa ya conocida ley de “al cliente lo que pida”. Finalmente la taquilla, que no la aceptación, estará garantizada.

La otra vertiente es la que no nos concierne sólo a nosotros, sino a la industria como tal. Aunque como se verá, el principio a seguir es más o menos el mismo, pero con distintos matices.
Mucho se ha dicho últimamente sobre los malos tiempos por los que atraviesa el cine norteamericano. Rumor que se convirtió en paulatino escándalo desde finales del 2005, cuando se supo que la asistencia a las salas de cine en EEUU durante el 2005, había bajado en un 6% al haberse vendido 240 millones de entradas menos que en el 2004, según información de la BBC. Este mismo dato, aunque en otros términos, lo corroboró la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos, al decir que el descenso en la asistencia de público a las salas de cine es el más bajo en casi una década.
El 2006 no logró revertir del todo esa tendencia, para probarlo podría mencionarse el no tan rotundo éxito de las grandes apuestas de ese año como Superman Returns, Mission Impossible III o Cars, de Pixar, que en relación a The Incredibles del 2004 se quedó corta abajo por casi diez millones de dólares en el fin de semana de estreno.
En el 2007 fue distinto, sobre todo para este último estudio. Ratatouille logró cautivar a las audiencias de todas las edades primero en la taquilla y posteriormente en DVD.
En este marco, Hollywood ha tenido que ingeniárselas para no perder mercado. Y por ello le ha apostado a éxitos anteriores con la ilusión de revivir la vieja gloria de aquellos tiempos en que todo era nuevo y no importaban, o al menos no en exceso, los hoy tan explotados recursos virtuales, que en gran medida son los responsables de que no se soporte nada que carezca de ellos. Por momentos hasta pareciera que ni los mismos estudios toleraran que sus creaciones se vean pasadas o quedadas, si es que la tecnología ya les permite más.
Hace un par de años, el sitio http://www.allmovie.com/, hablaba de re-imaginar (en traducción literal) al Hulk que apenas hacía 3 años atrás, con muy poco éxito, creara Ang Lee. Y si esto es así, si hasta lo que no obtuvo aplausos ni medallas se busca reproducir y actualizar, qué puede esperarse del cine que llaman de franquicias como el de Batman, el mismo Supreman, James Bond, o por mencionar algo de lo más reciente, Saw, que en el 2007 se convirtió ya en tetralogía, y mucho me temo que la cuenta podría seguir.
Simplemente el 2008 ya anuncia el regreso de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, la secuela de Batman Begins de Christopher Nolan, la continuación de la interminable serie de James Bond, el John Rambo de Stallone, el increíble Hulk y El Príncipe Caspian, segunda parte –de seis- de las Crónicas de Narnia. Desde luego la cifra irá en incremento conforme pasen los meses. Por lo pronto, este primer trimestre del año ya tuvimos Soy Leyenda, que, por si fuera poco, trata de un virus que convierte a los seres humanos en zombies (¿dónde he visto eso antes?). Por supuesto, la película no es sino un remake de lo que en 1964 viera la luz bajo el título Seres de las sombras y en 1971 como la última Esperanza; las tres inspiradas en la idea original del escritor Richard Mathenson.
En su reciente visita a México, Francis Ford Coppola lamentó que en la actualidad no se tomen riesgos en la industria y que ahora el 95% de las producciones recientes sean refritos o secuelas; a causa de esto, dijo que lo importante es motivar a las nuevas generaciones para que lleguen con ideas nuevas.
Caso aparte es el de los remakes tipo The Ring y The Grudge, y próximamente The eye, que más que otra cosa -como bien apunta Concepción Cascajosa de la Revista electrónica Razón y palabra- tienen por objetivo no tanto trasladar un lenguaje, sino más bien, una cultura que apele al aura de sus originales, pero domesticando los elementos que crearon esa aura en primer lugar. Es decir, lo que se busca en estos casos es regionalizar los contenidos que de otro modo nos parecerían ajenos e inaccesibles por cuestiones culturales que comúnmente escapan a la voluntad. Aunque igual podría hacerse el intento de acceder. Nunca está de más.

Tras esta mirada, la duda que queda flotando es la de si la industria nos los brinda porque así lo pedimos, o si son ellos los que nos imponen el quererlo así. A falta de originalidad y de nuevas propuestas, parecería lógico que nos pudieran seguir seduciendo con las fórmulas ya probadas. Sin embargo, el cansancio parece estar empezando a surgir de los entresijos de la sociedad. La gente ya no se conforma con ver lo mismo, pero mejor. Más bien, parece que nos hemos hartado, o nos han hartado, saturado, de lo que ya estaba ahí, de lo que ya existía, y poco a poco nos han orillado a desdeñarlo y a pedir más y más, pero no del archivo histórico que incansablemente desempolvan los estudios.
Tal vez, si se piensa, el desencanto que se ha visto reflejado en las taquillas a nivel global, se deba a que últimamente no hemos encontrado un terreno inexplorado, algo distinto, una sorpresa que nuevamente nos fascine y nos devuelva ese amor por el cine a veces perdido, a veces tan sólo un poco olvidado.