Para quienes saben de cine y son capaces de disfrutarlo por encima del nivel al que podría disfrutarlo cualquiera que sólo busca entretenimiento una tarde de domingo, la idea del remake cinematográfico debe parecerle una pérdida de tiempo. Esto se debe a que la gente que sabe apreciar el buen cine, casi siempre (dejemos espacio para las excepciones) prefiere las primeras versiones a aquellas que buscan mejorar o simplemente refrescar los títulos que han ido quedando en el olvido.
Algo hay en esas versiones añejas -tal vez su falta de color, su sencillez, su bajo presupuesto o su carencia absoluta de efectos especiales- que las han convertido en joyas de la cinematografía o bien, en simples tesoros del recuerdo individual. Es por ello que cuando una industria ávida de éxitos taquilleros, en su incesante búsqueda de fórmulas ya probadas manosea, distorsiona y reinventa los contenidos que antaño lograran cautivar a grandes o pequeñas audiencias, la indignación y rechazo de algunos se convierte en una constante que empaña el resultado final.
La premisa es más o menos la siguiente: Si se hace la nueva versión de una película, es porque en su tiempo fue celebrada y cosechó éxitos que el día de hoy pretenden ser cosechados de nuevo. Sin embargo, el éxito alcanzado por estos remakes suele ser moderado e incluso nulo. Algunos llegan a rozar el fracaso consiguiendo la total desaprobación y rechazo no ya de los que le son fieles a las versiones originales, sino de los que en busca de algo grande, se quedan con la sensación de haber visto algo que sólo fue conseguido a medias.
Sin duda, gran parte del público, entre el especializado y el que no lo es en absoluto, ignora que mucho de lo que ve en el cine es en realidad la copia o la actualización de algo ya digerido por el tiempo. De cualquier modo, quizás no vendría siendo de mucha utilidad saberlo. Y es que en verdad resultaría difícil creer que el grueso de la población pudieran preferir alguna otra versión antigua a la de estreno reciente llena de efectos especiales y a todo color, algo de lo que grandes clásicos se privaron durante años, y que sin quererlo les confirió, para la posteridad, ese aire añejo tan característico que hoy tanto nos evoca, aunque a otros, inexplicablemente, les incomode por ser símbolo inequívoco de antigüedad.
Con todo, lo más intrigante surge cuando uno se pregunta de dónde nace esa aparente necesidad de ya no crear, sino de reciclar contenidos. Para responder a esto pueden tomarse dos vertientes. La primera apunta hacia nosotros como un público espectador que demanda la incesante renovación de lo que ya va pareciéndonos viejo y por ello caduco. Como si esto, sólo por el hecho de serlo, pediera validez y calidad a un grado que a veces nos lleva a arrumbarlo y a casi negar su siempre imperecedera existencia; como algo de lo que, al no haber sido parte en su momento, egoístamente se prefiriera ignorar, en pos de lo que sí fue hecho exclusivamente para nosotros y nuestro tiempo.
Hay casos, por ejemplo, en los que aun a sabiendas de que la película es una calca de alguna otra ya olvidada, la renuencia por ver ésta será tal, que la única que existirá en la memoria, me temo que colectiva, será la nueva, que por fuerza carecerá si no de mérito, sí de originalidad, característica esencial y única de lo que se considera artístico. Y así, mientras nosotros como público sigamos aplaudiendo las meras “versiones” en mayor medida que a las originales, la industria seguirá comportándose según esa ya conocida ley de “al cliente lo que pida”. Finalmente la taquilla, que no la aceptación, estará garantizada.
La otra vertiente es la que no nos concierne sólo a nosotros, sino a la industria como tal. Aunque como se verá, el principio a seguir es más o menos el mismo, pero con distintos matices.
Mucho se ha dicho últimamente sobre los malos tiempos por los que atraviesa el cine norteamericano. Rumor que se convirtió en paulatino escándalo desde finales del 2005, cuando se supo que la asistencia a las salas de cine en EEUU durante el 2005, había bajado en un 6% al haberse vendido 240 millones de entradas menos que en el 2004, según información de la BBC. Este mismo dato, aunque en otros términos, lo corroboró la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos, al decir que el descenso en la asistencia de público a las salas de cine es el más bajo en casi una década.
El 2006 no logró revertir del todo esa tendencia, para probarlo podría mencionarse el no tan rotundo éxito de las grandes apuestas de ese año como Superman Returns, Mission Impossible III o Cars, de Pixar, que en relación a The Incredibles del 2004 se quedó corta abajo por casi diez millones de dólares en el fin de semana de estreno.
En el 2007 fue distinto, sobre todo para este último estudio. Ratatouille logró cautivar a las audiencias de todas las edades primero en la taquilla y posteriormente en DVD.
En este marco, Hollywood ha tenido que ingeniárselas para no perder mercado. Y por ello le ha apostado a éxitos anteriores con la ilusión de revivir la vieja gloria de aquellos tiempos en que todo era nuevo y no importaban, o al menos no en exceso, los hoy tan explotados recursos virtuales, que en gran medida son los responsables de que no se soporte nada que carezca de ellos. Por momentos hasta pareciera que ni los mismos estudios toleraran que sus creaciones se vean pasadas o quedadas, si es que la tecnología ya les permite más.
Hace un par de años, el sitio
http://www.allmovie.com/, hablaba de re-imaginar (en traducción literal) al Hulk que apenas hacía 3 años atrás, con muy poco éxito, creara Ang Lee. Y si esto es así, si hasta lo que no obtuvo aplausos ni medallas se busca reproducir y actualizar, qué puede esperarse del cine que llaman de franquicias como el de Batman, el mismo Supreman, James Bond, o por mencionar algo de lo más reciente, Saw, que en el 2007 se convirtió ya en tetralogía, y mucho me temo que la cuenta podría seguir.
Simplemente el 2008 ya anuncia el regreso de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, la secuela de Batman Begins de Christopher Nolan, la continuación de la interminable serie de James Bond, el John Rambo de Stallone, el increíble Hulk y El Príncipe Caspian, segunda parte –de seis- de las Crónicas de Narnia. Desde luego la cifra irá en incremento conforme pasen los meses. Por lo pronto, este primer trimestre del año ya tuvimos Soy Leyenda, que, por si fuera poco, trata de un virus que convierte a los seres humanos en zombies (¿dónde he visto eso antes?). Por supuesto, la película no es sino un remake de lo que en 1964 viera la luz bajo el título Seres de las sombras y en 1971 como la última Esperanza; las tres inspiradas en la idea original del escritor Richard Mathenson.
En su reciente visita a México, Francis Ford Coppola lamentó que en la actualidad no se tomen riesgos en la industria y que ahora el 95% de las producciones recientes sean refritos o secuelas; a causa de esto, dijo que lo importante es motivar a las nuevas generaciones para que lleguen con ideas nuevas.
Caso aparte es el de los remakes tipo The Ring y The Grudge, y próximamente The eye, que más que otra cosa -como bien apunta Concepción Cascajosa de la Revista electrónica Razón y palabra- tienen por objetivo no tanto trasladar un lenguaje, sino más bien, una cultura que apele al aura de sus originales, pero domesticando los elementos que crearon esa aura en primer lugar. Es decir, lo que se busca en estos casos es regionalizar los contenidos que de otro modo nos parecerían ajenos e inaccesibles por cuestiones culturales que comúnmente escapan a la voluntad. Aunque igual podría hacerse el intento de acceder. Nunca está de más.
Tras esta mirada, la duda que queda flotando es la de si la industria nos los brinda porque así lo pedimos, o si son ellos los que nos imponen el quererlo así. A falta de originalidad y de nuevas propuestas, parecería lógico que nos pudieran seguir seduciendo con las fórmulas ya probadas. Sin embargo, el cansancio parece estar empezando a surgir de los entresijos de la sociedad. La gente ya no se conforma con ver lo mismo, pero mejor. Más bien, parece que nos hemos hartado, o nos han hartado, saturado, de lo que ya estaba ahí, de lo que ya existía, y poco a poco nos han orillado a desdeñarlo y a pedir más y más, pero no del archivo histórico que incansablemente desempolvan los estudios.
Tal vez, si se piensa, el desencanto que se ha visto reflejado en las taquillas a nivel global, se deba a que últimamente no hemos encontrado un terreno inexplorado, algo distinto, una sorpresa que nuevamente nos fascine y nos devuelva ese amor por el cine a veces perdido, a veces tan sólo un poco olvidado.